sábado, 14 de junio de 2008

La libertad es pesada y mata


El otro día me imaginé libre y estaba tirado igual que ahora. Festejé con cerveza y me acosté borracho. Tuve pesadillas. Y me levanté de tan buen humor que me regalé tocar un rato el bajo sentado en el piso.
Empecé con notas agudas que pesaban más de un kilo cada una. Me divertía muchísimo, me miraba los dedos, me animaba a afirmar que se movían solos. Me volví un espectador de Dios. Me alejé de la obra. Fui ajeno a todo. Las manos se seguían moviendo, cada vez más lento. Me estaba ahogando, pero no me importó. No tocaba yo, lo hacían mis dedos (que ya no eran míos).
Me sentí cada vez más externo, hasta que perdí el dominio del cuerpo por completo. Sólo estaba ahí, como colgado de esa cabeza que alguna vez me había pertenecido.

Cada segundo me gusta más esa música que toca. Cada vez soy más feliz. Ese día morí pero nadie lo sabe, porque el cuerpo esta ahí, sentado, tocando. Y la gente ni sospecha que no soy yo. Que ya no sé por que todo eso se mueve.


...tengo que limpiar las zapatillas.

1 comentario:

sun dijo...

ese piso me recuerda a mi más tierna infancia (3 ó 4 años como mucho), que el bar de al lado de la clínica donde iba al pediatra tenía ese piso..





por lo demás, genial.